La romería del Rocío, esa insuperable peregrinación que recorre un camino inimitable que, como escribiera el arzobispo de Sevilla, monseñor Amigo Vallejo, en 1988, «Puede haber sido largo en el tiempo o en los kilómetros recorridos, pero siempre se hace corto en el deseo, en la ilusión de llegar al santuario de la Virgen, de la Blanca Paloma, constituye una indeleble señal de identidad de Andalucía. Ese santuario erigido al borde de la madre de la marisma, que alberga a la veneradísima imagen de la Virgen María desde el siglo XIII es el fuego al que se arriman los andaluces para calentarse, para purificarse, para alumbrarse. Es una llamarada de vida -luz y calor- que inflama los corazones andaluces». Alfonso X El Sabio mandó levantar una ermita a orillas de la Madre de las Marismas, al sitio llamado Coto Real de Las Rocinas. A finales del siglo XVI se fundó una capellanía en la ermita, restaurada, celebrándose una misa diaria a perpetuidad. La primitiva ermita, edificada entre 1270 y 1284, a orillas de la Madre de las Marismas, era, según escribió Alfonso XI, pequeña, orientada de sur a norte y tenía desde la puerta al fondo, al pie del altar de la Virgen, «longura de diez varas». «Entrado el siglo XV de la Encarnación del Verbo Eterno, un hombre que, o apacentaba ganado o había salido a cazar, hallándose en el término de la villa de Almonte, en el sitio llamado La Rocina (cuyas incultas malezas le hacían impracticable a humanas plantas y sólo accesible a las aves y silvestres fieras), advirtió en la vehemencia del ladrido de los perros, que se ocultaba en aquella selva alguna cosa que les movía a aquellas expresiones de su natural instinto. Penetró aunque a costa de no pocos trabajos, y, en medio de las espinas, halló la imagen de aquel sagrado Lirio intacto de las espinas del pecado, vio entre las zarzas el simulacro de aquella Zarza Mística ilesa en medio de los ardores del original delito; miró una imagen de la Reina de los Ángeles de estatura natural, colocada sobre el tronco de un árbol. Era de talla y su belleza peregrina. Vestíase de una túnica de lino entre blanco y verde, y era su portentosa hermosura atractivoaún para la imaginación más libertina».